miércoles, 1 de enero de 2014

Sin moraleja

Silencio. Días y días de silencio. Lo único que supo hacer La Maga fue callar. Dentro suyo convulsionaban la palabras en un caos de sorpresa, indignación y dolor, pero era incapaz de hilvanar un pensamiento coherente que no hubiera sido impregnado por la ambigüedad. Mentalmente, repetía la secuencia de una historia inverosímil. Sobre todo, la llegada imprevista: ese regreso impensado, ni siquiera imaginado; la confesión tan difícil -mas no imposible- de creer. Le presentaron un sueño, ese que siempre había anhelado, y La Maga lo abrazó, defendiéndolo incluso de la realidad. Aplicó todas la lecciones aprendidas, usó todos los trucos y pócimas que conocía. Incluso dejó su propio corazón sobre la palma de su mano, siempre abierta. 
Creyó. Fue paciente. Pensó lo mejor. Preguntó. Dijo sólo la verdad. Habló tan claramente como pudo. Pidió lo que necesitaba. Ofreció todo lo que tenía. Escuchó. Trató de entender. Se atrevió. Por eso, sin la menor pista, hoy no entiende qué sucedió. La única voz que puede darle una razón, no sólo se volvió silencio y ausencia, sino que le quitó las alas que le había dado.


Sos un antes y un después. Mi hija lleva tu nombre. Habitás mi sangre. Me hacés feliz como ella nunca podrá... Palabras! Si no es ella, será otra. Limitate a entender lo que te digo. No era lo que pensaba. No es para tanto... Sólo son palabras! Pero es innegable lo hondo que pueden calar, lo gratuitamente dolorosas que pueden ser. Hoy el desafío es perdonar. Pero no a él, puesto que no soy juez de nadie (aunque una disculpa suya sería sanadora: una señal de que algo fue cierto, de que algo le importa). No, el desafío es perdonarme a mí misma. La candidez, la ceguera, la estupidez. Perdonarme y aceptar que esta lección (que aún no comprendo) me transformó. Y no lo digo yo...

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